Vida en el Espíritu Santo

La Comunidad desea dejarse habitar por el Espíritu Santo cada día. Aprende la docilidad y el abandono al Espíritu de Dios que sopla donde quiere y cuando quiere y la hace avanzar hacia el Reino que viene.

Cada miembro realizará este llamado a vivir en el Espíritu Santo de acuerdo a su propio estado de vida a través de:

 

  • Una intensa vida de unión a Dios. Nuestra amistad con Dios se nutre de la oración continua, a la escuela del Oriente cristiano (la oración del corazón) y la práctica fiel de la oración, a la escuela del Carmelo. La oración es ese corazón a corazón con Dios de donde desborda toda fecundidad. En efecto, esta vida contemplativa abre a una disponibilidad personal y comunitaria a la acción del Espíritu Santo. Se trata de entregarse al Espíritu, cada vez más, personal y comunitariamente, y llegar a ser así colaboradores del Espíritu Santo.

 

  • Una vida Sacramental. La Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación fortalecen nuestro caminar cotidiano de santidad y nos acompañan en nuestra vida de fe, de esperanza y de caridad. Los siete sacramentos son los conductos privilegiados de la gracia divina en nuestra vida.

 

  • La celebración de la Liturgia nos une a la alabanza del Cielo. Interpelados por el testimonio de los primeros cristianos que “eran asiduos a la enseñanzas de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hechos 2, 42), la Comunidad otorga una importancia particular a la liturgia. “La liturgia como irrupción de lo sagrado en el tiempo y en el espacio nos permitirá participar en la eternidad y en el infinito de Dios y anticipará la venida del Reino” (Libro de Vida).
  • La práctica de la alabanza ferviente y el ejercicio de los carismas. Por el bautizo, Cristo ha hecho de nosotros una criatura nueva, un ser de alabanza a la gloria del Padre. Por ello, en un impulso que nos comunica la fe recibida de la Iglesia, en comunión con los miembros del Cuerpo de Cristo del cielo y de la tierra, encontramos nuestro gozo en alabar a nuestro Dios por lo que es y en darle gracias por lo que hace.

 

 

  • La consagración a la Virgen María. “La Comunidad pertenece a la Santísima Virgen”: esta afirmación de Martha Robin nos anima a profundizar el misterio de María. María nos revela en su persona, el misterio de la humanidad ya transfigurada e intercede por nosotros para que el corazón del hombre vislumbre por fin, su vocación escondida de criatura nacida por amor y para el amor. Ella es nuestro modelo de la unión íntima de la criatura con el Creador. La espiritualidad mariana no es sólo un aspecto de nuestra espiritualidad sino que tiene un lugar discreto, pero muy real, en nuestros corazones y en nuestra Comunidad. Ella es nuestro modelo de vida y nuestra Madre, la que nos enseña a vivir nuestra espiritualidad cada vez con más profundidad.
  • El misterio de Israel. San Pablo nos habla del misterio de Israel como connatural al misterio de la Iglesia (Rm 11, 25). La intercesión por el pueblo judío tendrá un lugar importante y privilegiado en nuestra oración para que “progrese en el amor de su Nombre y la fidelidad a su Alianza”. (De la oración universal del Viernes Santo).

 

 

  • Interceder por la unidad de los Cristianos. Primeramente, es unirse a la intercesión misma de Jesús, único Mediador. Es dejar al Espíritu Santo orar en nosotros, “porque no sabemos orar como se debe” (Rm 8, 26). Nuestra intercesión ardiente por que todos los cristianos lleguen a la unidad toma raíz de las palabras de Cristo antes de su Pasión: “Yo les he dado la gloria que Tú me habías dado para que sean uno como Tú y Yo somos Uno, Yo en ellos y Tú en Mí, para que sean perfectos en la unidad”. (Jn 17, 22-23).